Qué remedio, vengo aquí, a escribir de nuevo aunque me falten motivos. Ni soy feliz ni tampoco estoy triste, ni me detengo ni sigo ningún camino. Sólo estoy a la mitad, a medias de uno sé qué, de un no sé nada. Ni hay nadie al lado ni me preocupo mucho. Enciendo el cigarro 131,400 de mi cuenta personal y no sé cuántos faltan para que sea imposible hacerlo de nuevo. Aún no soy capaz de cruzar la frontera. Todavía escribo. Cuando descubrí que no había nada de interés en el mundo comencé a leer, cuando esto no fue suficiente empecé a escribir, primero a solas, ahora hasta lo hago público. Hace tiempo que perdí el miedo a que miraran lo que había más adentro, dejé que alguien lo hiciera, a pesar del riesgo. De tanto evitarlo, he hecho el ridículo por años y ahora me despierto cada día convenciéndome de que ya no lo haré más, al menos conscientemente. Estúpido propósito irrealizable. Seguiré dando tumbos, aunque cambie el nombre propio y hasta la circunstancia, nadie va a venir a asomarse de verdad en mi ventana. Seguiré creyendo falsamente, porque la fe, aunque falsa, es la única que nos sostiene, que vale la pena seguir escribiendo aunque ese alguien ya no tenga nombre, aunque nunca lo haya tenido. Seguiré escribiendo para todos, es decir, para nadie, acaso sólo para mí. Seguiré fingiendo que me lees, por creer en algo, porque es difícil no tener un dios o un diablo, o una bandera a quien rendir culto, o un héroe a quien mirar hacia arriba. Seguiré escribiendo una novela que no va a ninguna parte, que no va a publicarse nunca. Dejaré que la pluma pase por encima de un papel que por mi causa ya no estará en blanco, manchado por la tinta trémula de alguien a quien tiembla el pulso. Después de todo, eso es lo único que hago, aunque no bien, apenas si lo consigo.
lunes, 27 de octubre de 2008
sábado, 25 de octubre de 2008
Hospitales
lunes, 20 de octubre de 2008
Souvenirs
Fotografías
lunes, 13 de octubre de 2008
Trenes
sábado, 11 de octubre de 2008
Capri c'est fini
Domani Capri
Vietato Tocare
Nessun dorma
Intermedio
Venecia y su laberinto
Aleph Romano
J.L.Borges.
Aeropuertos
Volver
jueves, 4 de septiembre de 2008
Devoro aliento que ya no es tuyo. Me prendo de ti. No son mis manos las que te tocan, ni mi piel la que se reúne con la tuya. No voy a penetrarte solamente. Dejaré que tu cuerpo el camino marque, permitiré que no sea yo sino tú quien entre espasmos se queme por dentro. No seré yo, no basto, quien ha de darte el lujo de saberte viva. Voy a devorarte y no es suficiente, voy a quererte y no alcanzará para nada. Voy a hundir mi lengua entre tus muslos y mi saliva será la mínima porción que tu humedad provee. Voy a quererte llenar para completarme de nuevo, voy a andar sobre tu piel como la cima de una montaña que nadie alcanza. Recorreré tu ser como un desierto, buscaré de dónde beber el agua para no morirme. Vas a necesitarme, no porque sea yo, sino por las ganas de sentir que alguno está en tu espera. Entregaré las armas y, sin embargo, volveré a tomarte como antes, sin certezas, sin miedo, sin ausencias. Y ahí vas a estar tú. queriendo querer que yo te quiera.
sábado, 30 de agosto de 2008
Una pausa, necesaria. No podré escribir durante un mes. Para cuando regrese, mis pocos lectores se habrán ido. ¿Habrá otros? Poco probable. Vendré después a recoger las cenizas de lo que ha quedado y trataré de construir lo derribado. Es difícil escribir para nada, para nadie. Pero esto se ajusta a la verdadera sustancia: las cosas que uno hace cada día sirven para nada, sirven para nadie. He tratado de autosalvarme, no lo he conseguido. Cada palabra, cada coma es el intento. Mido el tamaño de cada palabra que escribo, ni una sola de ellas alcanza para hacer el resumen del más pequeño de los sentimientos. Esta puta sensación de saber que no hay nada detrás asesina segundo a segundo. Voy a caminar, mucho, mucho. Voy a jugar el juego de creer que hay cosas que no he visto y estaré de vuelta y entonces sabré de cierto, sin suposiciones, que en ningún lado hay la puerta correcta que debo tocar. Hasta la siguiente palabra, hasta la siguiente coma. Una pausa, necesaria. Si alguien viene mientras tanto, deje mensaje, tengo ganas de leer a otros, ya no a mí.
martes, 26 de agosto de 2008
La noche en que todo ocurrió era una noche cualquiera. En aquel bar todos hablaron de mujeres —como siempre— y de riñas callejeras. Uno contó de las tres muertes que pesaban sobre su inexacta conciencia. Hubo admiración, aplausos. Bebí sólo dos copas en tres horas, lento, trago por trago, más por ritual que por deseos de embriaguez. No quería perder un solo gramo de cordura, no deseaba pretextar aquello y perder así el profundo sentido que mis actos buscaban esa noche. El hombre de las muertes me invitó otro trago, no acepté. Bebí las últimas gotas de la última copa y aún encendí un par de cigarros más, antes de pagar la cuenta y salir de ahí. No me despedí de nadie, porque a nadie conocía, tampoco a aquél que contaba sus hazañas. Conté calle por calle y fueron doce. En la esquina de la cuarta, una mujer se puso frente a mí y me ofreció por unos billetes una hora de compañía; no fue la compañía lo que acepté, fue la hora ofrecida. Al final, fue mucho menos pero no importaba. La oí bajar casi corriendo la escalera, la vi a través de la ventana entrar a la farmacia, esperé un poco, fumando, pensando siempre en lo mismo. Baje y seguí por la quinta y la sexta. Nada más pasó. Al fin llegué a la casa, al fin metí la llave en la cerradura, al fin la giré, al fin abrí la puerta, ella ya estaba ahí, esperando.